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PeteR

Más de lo que pensabas

Usualmente, cuando manejo de regreso a casa por el perifécio, lo hago solo. Sin embargo, desde hace unos días dos compañeros del trabajo me acompañan. Obviamente lo hacen porque puedo dejarlos cerca de sus casas. La verdad es que la primera vez lo hice con la intención de ayudarlos, e incluso me desvié de mi ruta para dejarlos más cerca, pero al darme cuenta que se volvería costumbre y no podía negarme, empecé a hacerlo por obligación. El primero a quien di un aventón es el diligenciero. Un "chavo" de 39 años, casado y con hijos, que no se cansa de contarme su última aventura con una mujer que conoció en un antro hace unas semanas. El segundo de ellos que se unió recientemente a la ronda es el almacenista de la empresa. Un señor que sabe más la lengua maya que el idioma español. Una persona realmente humilde; y no lo digo por la pobreza que lo rodea, que es evidente, si no porque realmente tiene un gran corazón. Me ha contado que además de trabajar para la compañía, los fines de semana se dedica a meserear en fiestas de quince años, bodas o cualquier otro evento similar. Lo tiene que hacer para sostener a su familia, porque de otro modo simplemente no podría. Se desvela, apenas se alimenta correctamente y se limita en muchas cosas materiales para poder darle de comer a sus hijos... Hoy, siendo la segunda vez que le hago el favor de llevarlo a unas cuantas cuadras de su casa, me dijo: "Gracias Pete. Toma, para los chescos", mientras estiraba su mano cerca de la mía. En un inicio no entendí, pero enseguida me percaté de que me estaba dando cinco pesos por el favor que yo le estaba haciendo. "No, Julio, ¿cómo crees? Lo hago con gusto y no me tienes que dar nada a cambio". "Bueeeno, ok, gracias Pete. Nos vemos mañana". "Nos vemos Julio, que estés bien"...

Gracias, Julio, me has dado mucho más de lo que pensabas.

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